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El móvil del crimen

18/09/2013

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El móvil del crimen

 

Hace tiempo que ya no tengo ni peine que desenrede mis canas, por lo que disimulo mi desnudez capital con una vieja boina; en mi boca luce una sonrisa perfecta, gracias a la prótesis que me proporcionó mi dentista, y mis rodillas se doblan, peligrosamente, hacia delante. Visto un traje gris, raído por el uso, pero me siento cómodo con él y paso desapercibido.

Mi nieta, el sol de mi invierno, me regaló un teléfono móvil con cámara integrada. ¡Pobre de mí!, ¡a mis años tener que aprender el funcionamiento de semejante artilugio!…; eso sin tener en cuenta mi cansada vista, mi tembloroso pulso… La niña me aconsejó que lo probara, que llamara, que hiciera fotos… ¡Ay!, ¡las fotos!

Decidido a contentarla, me fui al parque. Era un domingo primaveral, el cielo lucía su traje más azul y el sol se asomaba complaciente entre los árboles. Casualmente, ese día se celebraba una feria en el lugar. Tenderetes de diversas golosinas hacían girar los ojos de los niños; los olores de los churros se mezclaban, poderosos, con los de los puestos de flores; titiriteros y malabaristas competían entre sí para demostrar sus mejores destrezas y habilidades.

Mientras paseaba entre la gente, decidí probar la cámara de mi móvil para, posteriormente, poder enseñar a mi pequeña mis proezas, dudoso de si mi tembloroso pulso permitiría a la cámara captar alguna instantánea reconocible. Abrí la tapa delante de un puesto de globos, apunté fijamente a uno rojo que brillaba reluciente y… ¡bang! ¡El globo rojo explotó!

Me alejé presuroso del tenderete, más encarnado que el globo que había dejado de alardear de color entre sus compañeros y, minutos más tarde, ya recuperado del sobresalto que me había producido la explosión, me dirigí al centro del parque, donde unas preciosas farolas se encaramaban entre los árboles, dejando vislumbrar apenas sus cristalinas esferas. Decidí probar suerte de nuevo, por lo que saqué mi móvil del bolsillo, levanté la tapa, apunté y… ¡bang! ¡El globo de una farola explotó!

Una vez más, me retiré abochornado, perdiéndome entre la multitud de visitantes hasta que me recuperé del susto. Posteriormente, me dirigí a un rincón poco visitado del parque, donde los integrantes de un grupo de teatro exhibían su último trabajo. Con cuidado, saqué mi móvil del bolsillo y apunté a un joven rubio que declamaba con voz áspera algún fragmento de su papel y… ¡bang! ¡El joven rubio cayó muerto!

La Policía se encontraba cerca en esos momentos y evitó que los miembros del pequeño grupo que componíamos el público del espectáculo huyéramos despavoridos en todas direcciones, recluyéndonos a todos en el tablado que hacía las veces de escenario y, mientras pedían refuerzos, nos encañonaban  con sus armas para así evitar la posible fuga de un supuesto asesino. El joven rubio yacía todavía sin vida en el centro del escenario cuando llegó el inspector Martínez, de la Brigada Policial. Los atemorizados espectadores nos arremolinábamos en una esquina, intentando evitar que nuestros ojos aterrizaran descuidadamente sobre el cadáver.

El inspector Martínez se colocó en la esquina opuesta a la nuestra, se subió encima de un cajón y, con aire de superioridad, nos miró a los integrantes del heterogéneo grupo. Su voz sonó aterradora, supongo que debido al clima de tensión que respirábamos:

— Nadie se va a mover de aquí hasta que descubramos al asesino —anunció con estentórea voz—. ¡Voy a descubrir al asesino y el móvil del crimen!

Al oír estas palabras, mis manos empezaron a temblar más, si es que ello es posible; mis extremidades comenzaron a ganar peso, mientras que mi espalda luchaba por caer al suelo verticalmente, haciendo caso omiso de la existencia de mis retorcidas piernas. Pese a ello, lentamente, conseguí levantar un pie y moverlo hacia delante, luego el otro y así, dando pequeños pasos, salí del apiñado grupo en dirección hacia el inspector.

— Si es por el móvil del crimen… —dije con un hilillo de voz apenas perceptible—, aquí está.

Y saqué convencido mi móvil del bolsillo mientras los policías que me rodeaban apretaban fuertemente sus armas reglamentarias y me observaban temerosos.

Cuando los allí reunidos me vieron con el inofensivo móvil en mi temblorosa mano, ofreciéndoselo al inspector Martínez, con evidente cara de culpabilidad y arrepentimiento y los ojos llorosos, rompieron a reír en la carcajada unísona más estruendosa que nunca antes había oído. El inspector Martínez me miraba atónito, como si no diera crédito a lo que acababa de escuchar. Bajó del cajón donde se había subido, se acercó a mí y, con una sonrisa, me arrebató el móvil de la mano. Vi que se dirigía a un rincón y levantaba la tapa del móvil. Yo no me atreví a interrumpirle, pero me hubiera gustado avisarle de los peligros que comportaba abrir la tapa y apuntar con la cámara sobre algo; de hecho, estaba deseando que no apuntara sobre mí. Observé que manipulaba con pericia los botones del teléfono y, finalmente, otra gran sonrisa apareció en su cara. Se acercó hacia mí, pero… no, no era hacia mí; pasó por mi lado, esquivando el cadáver que yacía allí cerca, se acercó al grupo que todavía reía en la esquina del escenario, agarró del brazo a un sujeto de pelo gris y le anunció que estaba detenido mientras un grupo de policías lo rodeaba.

— Tendrá que prestarme su móvil unos días, es la prueba del delito. Hizo la foto justo cuando el asesino disparó el arma y se distingue perfectamente — me dijo amablemente el inspector.

— Bien, bien —susurré yo—. Lo que usted necesite.

Poco tiempo después, la Policía me devolvió el móvil y, durante una temporada, no me atreví a volverlo a tocar.

Una tarde que estaba en casa, tranquilo y ya recuperado del susto y del ajetreo de los días anteriores, sentado en mi cómodo sillón junto al ventanal del comedor, observé que el atardecer rojizo reflejaba su ígnea luz sobre las paredes de piedra de la iglesia románica que se divisa desde mi ventana. Pensé que sería un buen momento para inmortalizar tan bella imagen con una foto. Cogí mi móvil, abrí la tapa, apunté y… ¡bang! ¡Mi precioso ventanal cayó hecho añicos en todas direcciones!

Segundo Premio Narración Breve San Isidoro 2009. INE

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