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Una ventana al mundo

21/09/2013

ventanamundo

 

Más que viejo, soy vetusto y, además, gris. Vetusto porque ya no recuerdo ni cuántos años tengo, y gris, no sólo por el color del traje que llevo puesto casi siempre, sino porque mi enclenque figura, mi calvicie total y mis retorcidas piernas provocan, a todo aquél que me ve, una absoluta indiferencia, cuando no una total aversión, hacia mi persona. Pero a mí no me importa demasiado, ya que una personita, mi querida nieta, viene frecuentemente a alegrarme el día y consigue que me sienta importante, preguntándome cosas de mis tiempos y escuchando con atención todo lo que le cuento, pese a que soy consciente de que, en muchas ocasiones, le repito las mismas anécdotas.

Esta nieta mía, a la que adoro, tiene un pequeño defecto que no consigo corregir: quiere a toda costa que me  modernice y que me interese por la tecnología y los nuevos aparatos que, para mí, no son más que engorros. Su última insensatez fue querer regalarme un ordenador portátil con conexión a Internet.

— Ya verás, abuelo —me dijo sonriente—. Internet es una ventana abierta al mundo.

Estuvo toda una tarde preparando cables y aparatos y, al final, me enseñó cómo encenderlo y apagarlo y, sobre todo, cómo conectarme a Internet, la supuesta ventana abierta al mundo.

Por la noche, después de cenar, encendí el aparato y me dispuse a investigar todo aquello que decía mi nieta que se encontraba allí: imágenes del mundo, historia, arte, literatura… ¿Tantas cosas en un aparato tan pequeño? Eso me hacía dudar mucho, pero quise complacerla y seguí sus instrucciones al pie de la letra.

Cuando ya tenía puesto el “buscador”, como ella llama a esa pantalla con extrañas letras sin sentido alguno, estuve esperando un rato, pero no pasó nada. Observé con detenimiento la pantalla y vi una casilla en la que figuraba “Buscar”. Cogí el ratón, lo moví despacio y marqué sobre la casilla…, pero nada ocurrió. La pantalla continuaba con las letras raras y yo no conseguía ver las maravillas del mundo. Permanecí allí, mirando con detenimiento la pantalla, pero nada, todo seguía igual y yo no sabía qué hacer. Al cabo de un tiempo, la pantalla se volvió oscura. Al principio me asusté un poco, pensando que algo se había estropeado, pero luego me di cuenta de lo que sucedía: «¡Claro! —pensé—, ¡es que es de noche! Ahora no se puede ver nada». Sin embargo, me quedé un buen rato más observando, por si mis ojos se tenían que acostumbrar a la oscuridad de ese extraño mundo llamado Internet y, al cabo de un tiempo, me llevé un susto de muerte: un viejo, dentro de la pantalla, me miraba atentamente a los ojos… Acerqué mi cara a la pantalla, para poder verlo bien, y él hizo lo mismo. Cuando ya estábamos apenas a un par de centímetros, me di cuenta de que aquel viejo que me miraba era mi propio reflejo, por lo que, tras unos instantes, mi corazón volvió a latir pausada y rítmicamente.

Dejé la infructuosa búsqueda del mundo encima de la mesa y decidí irme a dormir, esperando que, con los primeros rayos de sol, en Internet ya se hubiera hecho de día también y pudiera comprobar esa ventana abierta al mundo de la que tanto me había hablado mi nieta.

Nada más despertarme, al día siguiente, corrí todo lo veloz que mis torcidas piernas me lo permitían, a descubrir la ventana al mundo, pero… todo continuaba igual: negro. Seguía siendo de noche en Internet. Poco después, tras realizar la consabida rutina matinal y ya más calmado, volví a sentarme ante el ordenador, dispuesto a todo, miré fijamente la pantalla, pero allí no había nada más que el reflejo de mí mismo mirando, con cierto aire atontado, una pantalla completamente negra. Estuve allí un buen rato y, sin darme cuenta, debí mover un poco el ratón (eso es lo que me explicaron después), y se hizo la luz, por lo que suspiré durante un segundo aliviado y dispuesto a ver la fantástica ventana abierta al mundo, hasta que me di cuenta que lo único que se veía ahí eran las mismas letras raras que mi nieta llama “buscador”. Decidí volver a probar suerte y pulsé de nuevo, esta vez fuertemente, sobre la palabra “Buscar”, pero nada pasó. Lo intenté hacer también apretando con fuerza con el dedo sobre la pantalla, ésta se hundió un poco, pero todo siguió igual. Bueno, en realidad fue a peor: al cabo de un tiempo, se volvió a hacer de noche en Internet. «Esta es la ventana abierta al mundo» —pensé—, «éste es el mundo que todos observan. Un mundo en el que no pasa nada, un mundo inexistente, irreal, un mundo negro en el que lo único que ves es el reflejo más triste que puedas proyectar de ti mismo. Más real es esta habitación, esta mesa de escritorio, esta estantería con sus libros… Estos libros sí que son una gran ventana abierta al mundo, a la cultura…; es más, una ventana abierta a la sabiduría. En ellos encuentro todo lo que necesito. Historia, arte, literatura, todo está en ellos. Ellos son la gran verdad: los cojo, los toco, los acaricio, paso sus páginas con ternura, los veo y puedo percibir su olor añejo. Y aún más real soy yo, que estoy aquí, intentando ver una ventana que no existe. ¿Acaso alguien dudaría de mi existencia? Ni siquiera tú, mi querido lector, pese a que no me conoces personalmente, desconfiarías de mi vida, de mi ser, de mi propia realidad. Pero yo sí dudo de esa ventana negra que nada muestra. Está el mundo loco, completamente loco, desquiciadamente loco… ».

Decidí deshacerme de aquel trasto inútil. Apagué el cacharro como me había enseñado mi nieta; recogí cables y demás zarandajas y lo coloqué todo en orden en la caja en la que me lo había traído la chiquilla.

Como el dueño de la tienda de electrónica  donde la niña había comprado la ventana abierta al mundo y yo somos amigos desde hace mucho tiempo, me acerqué a cambiar el dichoso aparato por un televisor más moderno que el que tengo yo, de ésos que tienen una cosa que se llama mando a distancia y todo.  ¡Vaya también con el mando a distancia!… Pero bueno, ésa es otra historia.

Afortunadamente, mi nieta no se enfadó conmigo por haber devuelto el ordenador, más bien al contrario, le hizo mucha gracia mi aventura con Internet cuando se la conté, cosa que me sorprendió bastante, pero no quiso darme más explicaciones. Sin embargo, desde que pasó todo esto, mi nieta me dice que, cuando ella está delante de su ordenador y la pantalla se oscurece porque no hay actividad, si mira fijamente me puede ver allí, un amable viejecito observando atentamente y mirándole a los ojos, intentando ver más allá de lo que permite su mirada.

Esto, querido lector, a ti no te pasará porque estás leyendo sobre papel, pero si alguna vez estás delante de un ordenador y se oscurece tu pantalla, mira fijamente al fondo y, si ves la figura de un amable viejecito con la mirada fija en ti, sabrás que soy yo, intentando descubrir qué se ve en esa ventana abierta al mundo.

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