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El mando a distancia

04/11/2013

De nuevo me encuentro sumido en un problema ocasionado por ni querida nieta, la primavera de mi ocaso. Muchos de vosotros ya me conoceréis (perdón por la confianza al tutearos, pero así os siento más cercanos a mí). Como sabéis, soy viejo, gris y retorcido, no mentalmente, claro, sino físicamente. Y tengo una nieta encantadora que cree que tengo treinta años y me insiste, una y otra vez, para que tenga aparatos modernos en casa y, lo peor de todo, que los use…
Bien, después de esta breve introducción, os contaré lo que me pasó con la tele con mando a distancia. Como la aventura del ordenador resultó nefasta, en la tienda me cambiaron el artilugio por un televisor con mando a distancia. Quedamos con el vendedor que me lo llevarían a casa un día acordado.
Llegó el día en que iba a cambiar mi vieja tele por una moderna y con mando a distancia. Lo cierto es que veo poca televisión, pues soy un gran amante de la lectura, pero mi nieta, el sol de mi invierno, creía que el nuevo aparato me haría compañía y me haría sentir menos la soledad. Lo cierto es que dudo mucho que los aparatos modernos eviten el aislamiento al que nos vemos sometidas algunas personas como yo, pero… ¿cómo negarle algo a mi adorada nieta?
Y allí estaban, en la entrada de mi casa, dos hombres fuertes y jóvenes con una caja enorme entre las manos y una sonrisa entre los labios. Les hice pasar al salón y me instalaron la tele. Entonces me dieron el mando a distancia no sin antes darme toda una serie de instrucciones:
— Mire —me decía uno—, con este mando ya puede ir pasando las cadenas. ¡La uno! ¡La dos! ¡La tres!
Y así fue enumerando los distintos canales que podía ver en el televisor. Yo, pobre de mí, veo poco y mal, justo lo suficiente para poder leer mis libros con una lupa (aunque ya doy gracias por poder seguir leyendo). Observé al hombre que, con el mando a distancia en la mano, iba enumerando las cadenas que podía ver. Y eso fue todo. Los hombres se fueron y yo me quedé mirando embobado el silencioso aparato que tenía delante.
En mi tele antigua, yo apretaba un botón y se encendía. Después, apretaba distintos botones e iba cambiando de canal. Me acerqué al monstruoso televisor y apreté un botón, el único que había. Allí no pasó nada… Eso me empezaba a recordar a Internet y su oscura noche. «¡Claro! —recordé—, ¡me falta el mando!»
Me acerqué a la mesa camilla, me senté en mi sillón preferido, cogí el mando a distancia, me lo acerqué a la boca y, con la voz más autoritaria que supe imitar, grité:
— ¡Uno!
Silencio… Allí no pasó nada. Decidí cambiar de táctica:
— ¡La Uno!
Todo seguía igual, en silencio, sin imágenes… Pensé que tal vez debía ser más amable pues, ya que el aparato se llamaba “mando”, ya debía tener esos poderes de autoridad insertados en él.
— Uno —susurré.
Nada…
— Por favor, Uno.
Oscuridad y silencio total.
— ¿Sería tan amable de mostrarme la Uno? —insistí lo más educadamente que supe— ¿La Dos, tal vez…? ¿La Quince? ¿Le apetecería la Veinte?
Calma total…
Recordé que los jóvenes que habían traído el aparato eran fuertes y la tele les había hecho caso cuando hablaban por el mando a distancia, por lo que pensé que tal vez el televisor me veía muy esmirriado y por eso no me obedecía. Me fui a mi habitación y me puse varios jerséis, uno encima del otro, de tal manera que pareciera un hombre fuerte, aunque bajito. También me puse unos cuantos pantalones de pijama, para que se me vieran unas piernas fuertes. Estratégicamente, cubrí toda la ropa que llevaba puesta con mi bata de estar por casa.
Entré en el salón con aire de superioridad. Cogí sin vacilar el mando que reposaba sobre la mesa, alcé los brazos para mostrar mis supuestos músculos y dije:
— ¡La Uno!
Nada.
— ¡La Nueve!
Nada.
— ¡Vete de mi casa!
Nada.
Dejé caer el mando a distancia ya desesperado encima del sillón y, sin darme cuenta, me senté encima. Entonces la maldita tele se puso en marcha… En ese momento empecé a impacientarme. Le dije que se callara de todas las maneras que sabía: educada, autoritaria y amenazadoramente. El cacharro no quiso callar. Entonces me acerqué a la pared y la desenchufé. Silencio total.
Fui a buscar uno de mis libros, me senté en mi sillón, junto al ventanal, y me puse a disfrutar de una fantástica tarde en compañía de mi lupa, mi libro y una taza de té. Fantásticas imágenes se formaron en mi mente, representaciones de mi propia imaginación surgidas por el contacto con las palabras que leía y que nunca un aparato electrónico podrá reproducir.

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